Todos hemos vivido esa sensación. Llegamos a una casa, a un restaurante o a un hotel y, casi sin darnos cuenta, elegimos una mesa concreta. Hay algo en ese rincón que nos resulta agradable. Nos sentamos, la conversación se alarga y el tiempo parece pasar más despacio. Sin embargo, en otros lugares ocurre justo lo contrario. El espacio es bonito, incluso está perfectamente decorado, pero después de unos minutos sentimos la necesidad de movernos. ¿Por qué sucede? La respuesta rara vez está en el mobiliario.
El secreto suele estar en aquello que no vemos
La orientación al sol, la presencia de sombra, la vegetación, el sonido, la distancia entre mesas o la forma en que circula el aire influyen mucho más de lo que imaginamos.
La naturaleza también diseña
Un árbol bien situado puede reducir la temperatura de una terraza varios grados durante los meses más cálidos. La vegetación crea sombra, humedad, privacidad y una sensación de refugio que transforma la experiencia.
No todo depende del tamaño
Un patio bien proporcionado y pensado para el uso diario puede resultar mucho más acogedor que un gran espacio abierto sin zonas de descanso o sin protección frente al sol.
Diseñar para vivir, no solo para mirar
Los mejores espacios no son los que más fotografías reciben. Son aquellos de los que cuesta marcharse.

